¿Alegrarte de desgracias ajenas te hace mala persona?

Este sentimiento es algo normal que tiene razones psíquicas y que no es tan malo

22/01/2017 1:15
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Cuando las desgracias nos invaden nos sentimos tristes, molestos o con frustración, pero sí le ocurre a alguien más, podemos reírnos e incluso alegrarnos, pues al final no nos pasó a nosotros, pero ¿esto nos convierte en malas personas?

Este sentimiento de satisfacción es algo normal que tiene razones psíquicas y que no es tan malo.

“El mal ajeno nos confirma que nosotros no estamos afectados por él, que lo padece el de al lado”, indica la psicóloga clínica Mónica Sieber Quijano, con clínica propia en Madrid.

La especialista explica que alegrarse de las desagracias ajenas obedece a los mecanismos inconscientes de la proyección que permiten depositar en el otro nuestros miedos al fracaso o mal.

“En una suficiente salud mental, el mal ajeno no reporta demasiados beneficios propios. Sería eso de mal de muchos, consuelo de tontos… O de inmaduros”, dice.

No es lo mismo que la envidia

Aunque pudiera parecer que este sentimiento es igual a la envidia, la realidad es que no es exactamente igual.

En la lengua de Goethe y en contextos cultos, se utiliza el término Schadenfreude para describir el regodeo o placer que provocan las desgracias del vecino, por ejemplo, alguien que ha perdido el trabajo o a quien el marido dejó por otra mujer.

Sin embargo, el término no sólo se refiere a estas situaciones, sino que también se utiliza para definir lo que sentimos cuando vemos una batalla que no nos incumbe, como cuando pierde un equipo de fútbol en un partido o despiden al jefe que era muy déspota.

Por otra parte, la envidia es un sentimiento tan negativo y vergonzoso que nos hace sufrir mucho. Principalmente es una cuestión de autoestima.

“Aunque los atributos destacables y los logros excepcionales son los que atraen la envidia, la calidad y cantidad de esta reflejan los orígenes y el estado actual de la autoestima del envidioso”, explica el doctor y profesor de Psiquiatría Félix Larocca.

Añade que la envidia es más el deseo por lo que los demás tienen pero que a nosotros nos hace falta

“Nos pone demasiado en contacto con nuestras sensaciones de inferioridad y por eso nos causa tanto malestar”, dice.

En cambio el placer de las desgracias, viene a resolver una situación de indignidad o pequeña venganza. Una especie de sensación de “se lo merece” que nos llena de satisfacción aunque también de culpa.

Cuando nos alegramos de lo malo que le ocurre a otra persona, presentamos mecanismos de odio inconsciente tan claros  como los hallados en la envidia, pero debe haber una  “proximidad afectiva, necesaria para que se desplieguen los mecanismo identificatorios con esa persona”, aclara Sieber.

No todos celebramos igual las desgracias

Estas proyecciones con la otra persona, son las que provocan que hombres y mujeres celebren las desgracias de diferente manera. Las mujeres celebran las desgracias en otras mujeres y los hombres, en otros hombres.

Ellas experimentan algo conocido como dimensión de completud, es decir, viven pseudoenvidia en aspectos como la belleza, éxito amoroso, familia y bienes naturales. En general, todo lo que les ayude a contribuir a dar la apariencia de que lo tienen todo.

Mientras tanto, los hombres no manejan bien temas como “el éxito sexual con las mujeres, como primer eslabón de la envidia, y en segundo lugar, los logros profesionales vinculados al dinero, al reconocimiento y al estatus social”, dice Sieber Quijano.

Dichos comportamiento se desarrolla desde la infancia, incluso desde que somos bebés.

Con la madre generamos “esquizo-paraonide”, que decía de acuerdo a la psicoanalista Melanie Klein, significa que la observamos como un objeto bueno que nos abriga y alimenta, pero que también nos llena de frustración cuando no nos pone atención. Es posición a la espera de que “nos la jueguen” incluso los seres queridos, es algo que mantenemos a lo largo de la vida.

Razones de alegrarse de desgracias ajenas

Como todo comportamiento humano, alegrarse de las desgracias ajenas tiene sus razones: adaptación social y supervivencia.

Científicos han relacionado el schadenfreude con teorías de comparación social como las del psicólogo social Leon Festinger en los años 50, en donde se indica que los individuos nos sentimos bajo presión respecto al grupo y para medir la valía y adecuación, tendemos a compararnos con la colectividad y hacemos lo que los demás dictan.

Henri Tajfe, aseguró que esto provoca que nos comparemos entre nosotros y los otros grupos.

Al hacer esto, indicó, sentimos que crecemos en nuestra autoimagen y ésta se vuelve más positiva. Por ello, cuando alguien pierde, una sonrisa se asoma en nuestro interior porque al menos, nosotros no salimos perdiendo.

(Con información de El País)


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