Cerebro humano, hecho para el pecado

Investigadores descubren que existen acciones cerebrales que incitan al pecado para cubrir necesidades o alcanzar lo que deseamos.

24/11/2010 11:27
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Expertos de la Northwestern University de Illinois, Estados Unidos, realizaron diversos estudios a partir de los cuales determinaron que el cerebro del ser humano tiene diversos mecanismos con una fuerte tendencia a pecar, como parte de los mecanismos para saciar instintos naturales como el sexo, o bien a fin de alcanzar aquello que atrae o gusta.

Adam Safron, investigador de la universidad estadounidense, explica que la lujuria tiene diversos aspectos:  “En general, sabemos que los hombres están más interesados en el erotismo visual… Es una tarea mucho más difícil conseguir que una mujer alcance el mismo grado de excitación (que los hombres)”.

A través de  imágenes de resonancia magnética lograron reflejar que el sistema límbico (encargado de procesar respuestas fisiológicas frente a estímulos emocionales) en ambos sexos se activa cuando vemos algo que nos gusta. En tanto, estructuras como el núcleo accumbens, involucrado en el placer y en las ansias, son el corazón del sistema. Son la cara deleitable del pecado.

De esta forma se establece que existe una razón obvia detrás de nuestra inclinación hacia la lujuria: pasar nuestros genes. La Madre Naturaleza nos anima a desarrollar un interés activo en la procreación.

En cuanto a la inclinación a la gula, esta deriva de que el  sistema de circuitos de recompensa de nuestros cerebros también se activa cuando comemos. “Encontrar gratificación en ese tipo de cosas responde a una lógica evolutiva. Si queremos organismos que se reproduzcan, también queremos que coman”, puntualizó al tiempo de aclarar que  el acto de comer por sí solo no tiene nada de malo.

Se convierte en un problema cuando se transforma en gula. Y parece que incluso en ese caso podemos culpar a la naturaleza. Apunta: “En el ambiente en el que evolucionamos, los alimentos eran más escasos. No había ni pasteles de chocolate ni hamburguesas (…) Durante gran parte de nuestra historia (como especie), la vida era muy difícil y esas condiciones adversas fueron las que modelaron nuestros cerebros. Fue cuando se estableció cuánto queríamos los alimentos y cuán gratificantes nos parecen”.

Así que lo que en un momento fue un instinto de supervivencia ahora está vinculado al pecado. De hecho, se ha convertido en un problema que afecta a unos más que a otros.

“Algunas personas se sienten avasalladas por los llamados de la naturaleza”, explica Safron. “Están demasiado motivadas a conseguir ciertas cosas y terminan siendo poco saludables dentro de los actuales estándares de vida. Se trata de la misma predisposición biológica que, en el pasado, les hubiese permitido adaptarse bien (al contexto)”.

En relación a la pereza, Safron también considera que la  tendencia a no hacer absolutamente nada tiene sus raíces en nuestro proceso evolutivo como especie: “Nunca teníamos la certeza de cuándo volveríamos a ingerir una comida sustanciosa. Así que, si era posible, descansábamos. Las calorías que no quemábamos mientras llevábamos a cabo actividades, las podíamos usar para procesos corporales de crecimiento o de recuperación”.

De tal forma se puede establecer que la Madre Naturaleza ha diseñado al cerebro humano de manera que ciertas cosas nos producen placer para maximizar nuestros chances de sobrevivir como especie y transmitir nuestros genes.

No obstante, no todos los pecados son para satisfacer el placer humano;  la envidia, ya sea que la sintamos cuando un colega es ascendido o cuando un compañero es seleccionado para jugar de titular primero que nosotros, el hecho es que nadie realmente disfruta ese sentimiento pero científicos en el Instituto Nacional de Ciencias Radiológicas de Japón han estado provocándolo deliberadamente.

Los resultados de estas investigaciones revelan que la envidia causa dolor, señala Hidehiko Takahashi: “Es el área del cerebro vinculada en el procesamiento del dolor físico, así que la envidia es una emoción dolorosa”, señala Hidehiko Takahashi, uno de los investigadores del estudio realizado el año pasado en Japón.

Si la envidia nos causa dolor ¿por qué la Madre Naturaleza es tan cruel que la incluye en el diseño de nuestros cerebros?  Takahashi explica: “Existe un elemento positivo o constructivo en la envidia: nos motiva a mejorar nuestro propio desempeño o, si es difícil derrotar al rival, nos impulsa a concebir otras estrategias o cambiar las metas que nos propusimos o nuestros intereses”.

Pero, la envidia tiene un lado oscuro. “Nos hace desearle algo malo a la otra persona. Puede inducir a un comportamiento inmoral o incluso criminal”.

La soberbia,  también presenta los dos lados de la moneda: “Lo que normalmente vemos, es una pequeña sensación de realce…Piensan que son un poco mejores de lo que realmente son”, señala Hidehiko Takahashi.

“Sin estimulación cerebral, tienden a decir: Soy inteligente y mi mejor amigo no lo es. Pero con el aparato encendido, el orgullo se apaga y el vocabulario utilizado para definirse a sí mismos fue mucho menos adulador”.

“Otros han encontrado que las personas que no experimentan la tendencia al autorealce son más proclives a sufrir de depresión. Si te das cuenta de cuán gordo realmente estás, el ánimo se te desplomará. En muchos casos, no es bueno verte a través de los ojos de los otros. Por eso es que un poco de ego es muy positivo”, concluyó

Concerniente a la ira, científicos de la a Universidad de New South Wales, realizaron un estudio en el que encontraron similitudes, en aquellas personas de carácter melancólico y proclives a guardar rencor, más que en aquellos de personalidad explosiva, la corteza prefrontal medial (ubicada en los lóbulos frontales del cerebro) se activó rápidamente. Se trata de la región involucrada en moderar el comportamiento.

Algunas personas son mejores que otras cuando tienen que inhibir sus impulsos; otras personas podrían tener la misma reacción frente a un tipo específico de comportamiento, pero de igual forma experimentarían menos inhibición frontal.

Finalmente, en cuanto a la avaricia, Desgraciadamente, cuando hablamos de la avaricia no existen estudios del cerebro que nos den una repuesta. “Los mecanismos de la avaricia podrían ser más complicados”, dice Safron.

“Si hablamos de algo que podría estar influenciado por predisposiciones biológicas, la glotonería o la lujuria deberían mencionarse. Sabemos, por ejemplo, que hay neuroquímicos que aumentan o disminuyen la libido. Pero, hay algunas cosas que son universales y que no son necesariamente innatas y la avaricia podría ser una de ellas. Podrían haber bases innatas para la avaricia, pero debido a que es un fenómeno más complejo, podría estar más condicionado por el aprendizaje”.


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