Con Parkinson, unos tiemblan otros se paralizan

La rigidez es otra de las manifestaciones de esta enfermedad neurodegenerativa, explicó especialista a SUMEDICO.

11/04/2013 8:48
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Existen dos grandes grupos de pacientes con Mal de Parkinson: los más conocidos son los que tiemblan sin control, como ocurrió al Papa Juan Pablo Segundo, al boxeador Mohamed Alí y el actor canadiense Michael J. Fox, protagonista de la saga de películas Volver al Futuro. Pero hay otros pacientes de Parkinson que poco a poco se van poniendo rígidos, como si se fueran congelando o se volvieran de piedra.

Esta segunda característica, relacionada con la rigidez, es muy poco conocida, al igual que otro síntoma llamado bradikinesia, en el que los movimientos de quienes padecen Parkinson se hacen más lentos día con día, como la rueda de una bicicleta que cada vez tiene más dificultad para girar.

Los tres síntomas combinados de temblor, parálisis cíclica y movimientos lentos constituyen propiamente al Parkinson, que médicamente es llamado “parálisis agitante”.

Luis García Muñoz, cirujano especialista en Parkinson, que labora en el Hospital General de México, de la Secretaría de Salud, explicó a SUMÉDICO  que los pacientes con rigidez, se empiezan a distinguir cuando caminan arrastrando algún pie, como si no lograran levantar la pierna lo suficiente para dar el paso y más adelante no pueden sincronizar la marcha.

En las dos fases extremas de la enfermedad, a veces el paciente no puede mantenerse de pie por el temblor tan intenso en su cuerpo. En otras ocasiones, se queda muchas horas rígido como una roca, sin siquiera poder cruzar una pierna para acomodarse en un silla.

“El mal de Parkinson es un mal incurable que arruina poco a poco el control de los movimientos. También daña la capacidad para hablar, provoca depresiones muy fuertes, afecta las funciones digestivas y altera gravemente la presión arterial, pero muy raramente mata”, indica el doctor García Muñoz.

La medicina moderna no ha conseguido encontrar un método para curar el Parkinson definitivamente. Hoy sólo existen tratamientos farmacológicos y quirúrgicos que sirven para suavizar las mayores molestias.

Cirugías para controlar el movimiento
Desde hace siete años, neurocirujanos mexicanos realizan con éxito operaciones de cerebro para colocar un implante que regula los impulsos eléctricos del cerebro y permite controlar los síntomas más adversos del mal de Parkinson.

El dispositivo que colocan los cirujanos en México es un neuro-estimulador, diseñado en Minesota, Estados Unidos y que ya se usa en diferentes partes del mundo. La parte que se coloca dentro del cerebro es similar a un cabello grueso, y está conectada a un aparato de modulación con unas baterías, que se colocan con cirugía en el vientre del paciente y que tienen energía suficiente como para trabajar 8 años sin necesidad de sustituir sus pilas.

Entre los resultados que han conseguido está la disminución del temblor oscilatorio en los pacientes, disminuir al mínimo los capítulos de rigidez total y revertir la lentitud de movimiento.

En México existen menos de diez médicos que trabajan en el campo de la cirugía funcional. Uno de estos especialistas es el doctor Luis García Muñoz, del Hospital General de México,  quien explica que primero se debe agotar el tratamiento con medicamentos y si esa opción no funciona, entonces se abre la posibilidad de modificar la función del cerebro a través del uso del bisturí.

Cuando entra un paciente a cirugía para colocarle un neuromodulador, tiene que entrar despierto. Se le pone anestesia local, se le coloca alrededor de la cabeza un anillo o aro de metal y se trabaja con anestesia local.

“Al paciente se le deja sin medicamentos. Le hacemos orificios y una vez que ya está lista la entrada al cerebro, metemos el alambrito o electrodo. Si estamos colocamos bien el electrodo en la posición indicada, en ese momento se suprime el temblor o, si está rígido, en el momento en que entra el electrodo al globo pálido, se afloja el paciente. Eso confirma que estamos en el sitio”, describe el neurocirujano mexicano.

“Ya que vimos que el electrodo está en su sitio, hacemos pruebas eléctricas durante la cirugía. Empezamos a dar voltajes de hasta tres voltios y el paciente reacciona positivamente. Estimulamos un lado y luego el otro, y luego los estimulamos al mismo tiempo. De hecho el paciente se puede mover en ese momento en el quirófano, mueve con control sus manos, sus piernas, sus brazos y así confirmamos que estamos en el sitio y fijamos el electrodo”

Una vez que fijan el electrodo, con una especie de tapón, cierran las heridas del cráneo y entonces sí le ponen al paciente anestesia general porque entonces ponen al paciente una especie de guía para bajar un cable desde el cerebro hasta la zona de la clavícula, donde instalan el marcapasos cerebral o generador de pulsos con su batería.

En el futuro, con una programadora que se coloca sobre la piel y se comunica con el marcapasos implantado, se podrán ajustar los voltajes, el número de descargas por segundo o frecuencia y cuánto dura el periodo de estimulación o ancho de pulso. Así se ajustaría al paciente cuando se requiera.

Un paciente que ya está muy deteriorado, inmóvil en su cama y que ya no responde para nada al medicamento, no es candidato a la cirugía. Además, aquellos que sí califican, tienen que considerar que cada neuromodulador vale, por lo menos, 250 mil pesos, para un solo lado. En un hospital privado la cirugía puede costar hasta 150 mil dólares. Es por ello que en México, de los 90 neuromoduladores que se ponen anualmente, casi la totalidad son recibidos en hospitales públicos.

En México, los primeros intentos para curar el Parkinson con operaciones empezaron en 1956, en el Hospital General, con el doctor Genaro Centeno Alanís. Posteriormente, en los años 60, el doctor Francisco Velasco también hizo algunas intervenciones en el mismo nosocomio. Luego hubo un vacío de casi treinta años en este campo.

A partir de la década de los 90 vuelve a renacer este interés en las cirugías de cerebro debido la llegada de las computadoras y las  tomografías, que permitían hacer mucho mejores diagnósticos que con los rayos X, que eran bueno, pero no muy precisos.


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